Entendemos por organización un sistema
social con unos límites relativamente definidos, creado
deliberadamente con carácter permanente para el logro de
uno objetivos, que combina recursos humanos y materiales,
cuya esencia es la división del trabajo y la coordinación,
y que implica unos procesos intraorganizativos e interorganizativos
y una cultura específica.
Sin embargo, esta definición no implica que las organizaciones
funcionen a la perfección. Si las organizaciones fueran
máquinas (Morgan 1990) y todo marchase de acuerdo con lo
planeado, el conflicto, en forma de pugna y disputa, no
existiría. Las personas -como pieza de engranaje- cooperarían
en una armonía ideal y los objetivos de las organizaciones
se conseguirían sin problema alguno. Pero esto no deja de
ser el ideal que muchos directivos desean y pretenden sin
conseguirlo. Así como lo expresara Mark Twain, la vida
de las organizaciones es una suma de conflictos uno tras
otro. El conflicto es inherente a la vida de la organización,
y de todo individuo. No hay crecimiento organizativo sin
conflicto, y toda situación de aparente falta de conflictividad
no es otra cosa que un breve paréntesis en el transcurso
de la vida organizativa hacia otra situación más o menos
conflictiva. La mayoría de las interacciones humanas se
caracterizan por el desacuerdo y el conflicto, y las que
tienen lugar en el contexto de las organizaciones no son
una excepción. Lo normal es vivir en medio del conflicto
interno o externo.
No obstante, hemos de precisar qué entendemos
por conflicto, dado que este término puede utilizarse referido
a distintas realidades y situaciones. El conflicto organizativo
puede definirse como un desacuerdo entre dos o más miembros
de una empresa debido al hecho de que han de compartir recursos
escasos o realizar actividades; también puede originarse
del hecho de que poseen metas valores o ideas diferentes.
También puede concebirse como el proceso que comienza cuando
una de las partes se da cuenta de que la otra ha frustrado
o va a frustrar alguno de sus intereses. En cualquier caso,
los miembros de la organización en desacuerdo, o de una
parte de la misma, procuran hacer que su causa, o punto
de vista, prevalezca sobre la de los demás.
Sin embargo, en estas definiciones no se
especifica cuán grave es el desacuerdo, de qué manera las
partes en conflicto tratan de imponerse, como se maneja
el conflicto o cuáles son los resultados. En todos los casos,
esos factores determinarán si el conflicto será funcional
-hace crecer- o disfuncional -paraliza la vida organizativa-.
Una de las muchas dificultades semánticas
relativas al conflicto organizativo es la distinción entre
conflicto y competencia. Podemos distinguir entre estos
conceptos según hasta qué punto una parte sea capaz de impedir
que la otra alcance sus metas. Existe la competencia cuando
las metas de las partes en conflicto son incompatibles,
pero no pueden interferirse entre sí. Por ejemplo, dos equipos
de producción pueden competir por ser los primeros en alcanzar
un determinado objetivo (es evidente que sólo uno de los
dos puede ser el primero). Si no hay posibilidades de interferir
en la obtención de la meta por parte del otro, existirá
una situación de competencia; pero si hay esa posibilidad,
se tratará de una situación de conflicto.
La cooperación se presenta cuando dos o más personas
trabajan juntas para obtener metas compartidas. Es posible
que coexistan el conflicto y la cooperación. Así, dos
personas pueden coincidir en los objetivos pero mostrar
mucha discrepancia respecto a la manera de conseguirlos.
Cuando se habla en la extensa literatura sobre la dirección
de empresa sobre gestionar el conflicto, quiere decirse
que los directivos deberían tratar de encontrar formas
de equilibrar el conflicto y la cooperación.